No me gusta la lluvia. Es tan necesaria como el sol para la vida. Pero no me agrada. No entiendo a las personas que la disfrutan. Cuando cae, no se puede hacer nada, salvo encerrarse y verla caer o salir a sentirla y empaparse. Los perritos sin hogar se mojan y padecen frío. Los caracoles salen en el jardín y, si está oscuro, no los vemos y los pisamos, crack. Odio matar caracoles sin querer. Odio ver perros tiritando. A veces la lluvia cae tan fuerte que duele sobre la piel y sobre el cuerpo. Si te mojas, puedes enfermarte. Si caminas, puedes resbalarte con más facilidad. Si corres, es peor. Cuando recién me mudé a mi casa, el tubo de lluvia estaba mal puesto y el chorro caía directo en la entrada. Si había logrado llegar al hogar relativamente seca, ese tubo lo arruinaba todo, pues me empapaba mi cabeza y la espalda aunque tratara de abrir lo más rápido posible. Pero ya se arregló. Con la lluvia, el tráfico se entorpece, no puedo manejar tan rápido como me gusta, el metro se vuelve lento, mucha gente mojada emana un olor extraño y desagradable. El día tiene menos luz cuando está nublado. Hoy desperté y no se veía la ciudad, sólo una niebla gris. La lluvia no es romántica. ¿Besar bajo la lluvia? Prefiero hacerlo en una noche de luna llena y cielo claro, con estrellas en lugar de gotas. Sólo la disfruto un poco cuando tengo botas para la lluvia, paraguas y una buena chamarra. Muy chic el exterior, el interior no tanto: las botas de plástico hacen que los pies suden mal pedo, es incómodo. A algunos les gusta la nube gris y el agua que cae porque dicen que es "clima de Inglaterra". Dicen que el clima influye en el estado de ánimo. Con razón en la isla ésa hacen música tan fea y sosa. Ni siquiera me gustaría asomarme a la ventana y ver lo que dice aquella canción, "it's raining men!". ¿Para qué tantos? Un solo hombre valioso basta. Disfruté la lluvia cuando era niña, en mis años mozos, pero no. No me gusta la lluvia.