viernes, 19 de julio de 2013

La carne cruda es amor

La comida mexicana aparecía en mis fantasías culinarias todos los días que pasé en tierras europeas. Francia y su cocina me la pelan, yo quería mis enchiladas y mis tamales. Aunque admito que la cocina española me gustó bastante. Donde más sufrí fue en Inglaterra con sus asquerosos pasteles de riñón. Por eso mi mamá nos recibió con mole y garnachas cuando volvimos luego de estar más de un mes en la Meca de los mexicanos esnobs. En cambio, la comida japonesa me gusta tanto que no sufrí cuando visité tierra nipona. Para mí era una delicia meterme a cualquier local de "comes y te vas" y saborear un tazón enorme de delicioso y calientito soba y verduras. ¡El teppanyaki, el tempura! La sopa de miso también estaba rica. Amaba ir al súper frente al hotel y comprar onigiris a las 11 de la noche o los obentos en las estaciones de tren. Pero más que todo eso, el sashimi (pescado crudo) está entre mis comidas favoritas. La carne cruda es amor.

Cuando era niña, mi papá siempre me regañaba si me sorprendía comiendo cachos de la carne molida cruda que convertirían en albóndigas, picadillo o alguna otra cosa. Me decía que estaba sucia, que me haría daño, que al cocerla se le morían los bichos. Yo acabé por creerle y dejé de comerla porque no me quería enfermar, pero sufrí. Disfrutaba la carne roja cruda enormemente. Pero años después fui a La Ópera en el cumpleaños de una amiga y yo no dudé en pedir carne tártara al verla en el menú. La pido cada que voy a un lugar que felizmente la tenga en su menú. Siempre que voy a mi cantina favorita (El Fuerte de la Colonia), la carne tártara es mi segundo tiempo. 

Mis amigos y mi familia suelen verme raro cuando la pido. Mi hermana dice que soy una primitiva y mi mamá me dice caníbal. Mis amigos tratan de disimular su cara de asco. Pero cuando algún valiente se anima a probar mi platillo, no le queda de otra más que admitir la innegable verdad, ¡está buena! ¡Claro que está buena! Es un manjar de dioses. :)