Cuando era niña, mi papá siempre me regañaba si me sorprendía comiendo cachos de la carne molida cruda que convertirían en albóndigas, picadillo o alguna otra cosa. Me decía que estaba sucia, que me haría daño, que al cocerla se le morían los bichos. Yo acabé por creerle y dejé de comerla porque no me quería enfermar, pero sufrí. Disfrutaba la carne roja cruda enormemente. Pero años después fui a La Ópera en el cumpleaños de una amiga y yo no dudé en pedir carne tártara al verla en el menú. La pido cada que voy a un lugar que felizmente la tenga en su menú. Siempre que voy a mi cantina favorita (El Fuerte de la Colonia), la carne tártara es mi segundo tiempo.
Mis amigos y mi familia suelen verme raro cuando la pido. Mi hermana dice que soy una primitiva y mi mamá me dice caníbal. Mis amigos tratan de disimular su cara de asco. Pero cuando algún valiente se anima a probar mi platillo, no le queda de otra más que admitir la innegable verdad, ¡está buena! ¡Claro que está buena! Es un manjar de dioses. :)