El otro día me enteré de que el guapo maestro le gusta a toda la escuela. Dicen que mueren por él, que casi casi le construyen altares, que gusta tanto a hombres como a mujeres, que todas ansían tomar clases con él. Qué suerte tuve, es mi primer curso ahí y me tocó él; otros llevan ya cuatro cursos y nomás no les toca. Recuerdo que el primer día de clases llegué temprano, dejé mis cosas y me salí a ver qué había, tons cuando lo vi me quedé así de "¡¡¡Orales!!! Pero qué vista más agradable hay por aquí". Está MUY guapo. Lo bueno es que no me gusta tanto. Casi no me acuerdo de él cuando salgo de clases. Tampoco siento que se me acelera el corazón cuando se acerca, ni las mariposas, ni los sudores fríos. No hay nervios... Bueno, un poco, me da pena verlo a la cara porque qué tal que me quedo ahí como lela y se da cuenta (bah, ya ha de estar acostumbrado). Una amiga dice que nos trata diferente porque en nuestro salón estamos las únicas mujeres que no estamos enamoradas de él.
Ha de ser de esos a los que les duele la cara de ser tan guapos. Si no fuera así tan pinche penosa le hubiera tomado la palabra y ya lo hubiera agregado a mis contactos de messenger y de hi5 y de facebook para preguntar "dudas sobre la clase". Pero no, me muerdo el rebozo.