jueves, 28 de agosto de 2014

Comida es amor

Montevideo se siente casi como mi hogar. Pero bien lo dijo Dorothy en The Wizard of Oz, no hay lugar como el hogar. Una noche, cuando recién había llegado, salí a ver qué encontraba. Esperaba ver puestos de comida en las esquinas, así como en México. Oh, sorpresa. No había nada. Si acaso un carrito por ahí abierto que vende hamburguesas, panchos (hot dogs), chorizo al pan. Esperaba encontrar más oferta gastronómica en las noches uruguayas. Pero no. 

Qué nostalgia siento al recordar cómo era salir de noche y encontrar el puesto de esquites y elotes que los preparan con mayonesa, chile piquín y queso; el local de garnachas, el carrito anunciando los tamales con la famosa grabación "lleve sus ricos y deliciosos tamales oaxaqueños", los puestos de tacos, la cafetería con café y pan, el atole. Oh, cómo extraño eso de las noches mexicanas. Los montevideanos deberían salir a vender aunque sea tortas fritas por las noches. 

Ni modo. Me he acostumbrado a comer sin tortillas, sin salsa, sin chile que pique sabroso. Pero a cambio he descubierto cosas deliciosas como el queso muzarella y las bondades de la carne de res proveniente de vacas que tienen una vida mucho más decente, pastando en prados sin vivir amontonadas; los alfajores de $U 10 del súper cercano, el dulce de leche, el fainá, el chorizo (que sabe diferente al de México). Me falta probar el Tannat, la cerveza local y el grappamiel, ya será con mi siguiente sueldo.