Qué nostalgia siento al recordar cómo era salir de noche y encontrar el puesto de esquites y elotes que los preparan con mayonesa, chile piquín y queso; el local de garnachas, el carrito anunciando los tamales con la famosa grabación "lleve sus ricos y deliciosos tamales oaxaqueños", los puestos de tacos, la cafetería con café y pan, el atole. Oh, cómo extraño eso de las noches mexicanas. Los montevideanos deberían salir a vender aunque sea tortas fritas por las noches.
Ni modo. Me he acostumbrado a comer sin tortillas, sin salsa, sin chile que pique sabroso. Pero a cambio he descubierto cosas deliciosas como el queso muzarella y las bondades de la carne de res proveniente de vacas que tienen una vida mucho más decente, pastando en prados sin vivir amontonadas; los alfajores de $U 10 del súper cercano, el dulce de leche, el fainá, el chorizo (que sabe diferente al de México). Me falta probar el Tannat, la cerveza local y el grappamiel, ya será con mi siguiente sueldo.